Cuando perderse es el camino
Ayer tuve una de esas conversaciones que te recuerdan por qué haces lo que haces.
Iba camino a quedar con un amigo que está atravesando un despertar espiritual intenso. En el coche, seguía escuchando una lección de mi formación en integración psicodélica — concretamente, el módulo sobre despersonalización. El tema: cómo estas experiencias generan ansiedad, y cómo el intento de controlarlas o combatirlas casi siempre las empeora. La lección terminaba con algo que me pareció elegante: en realidad, todos vivimos momentos de despersonalización a lo largo del día — cuando nos quedamos dormidos, cuando nos abstraemos leyendo — solo que no los llamamos así, y no los vivimos como una amenaza.
Me quedé dando vueltas a esa idea mientras seguía mi camino.
Cuando nos encontramos, mi amigo me describió algo que le pasaba en meditación: a veces «se iba». Se perdía. Y al volver, sentía una energía intensa que necesitaba sacudir con un paseo o movimiento físico. Pensando en lo que acababa de escuchar, exploramos juntos qué había debajo de esa «energía». La respuesta, cuando nos acercamos con curiosidad en lugar de huir de ella, era miedo.
Hablé con él sobre esos momentos cotidianos en los que todos nos «vamos» — el umbral del sueño, la ensoñación — y sobre cómo la diferencia entre que sean agradables o aterradores a menudo tiene que ver con si los recibimos o los resistimos. (Nota: esto fue una conversación específica para esta persona y esta situación — no es un consejo generalizable a cualquier experiencia disociativa.)
El reencuadre le ayudó. Pude verlo en su cara.
Después habló de algo diferente: de cómo, en este proceso, cada vez nota más que no es su cuerpo. Que no es el «macho fuerte» que aprendió a mostrar desde pequeño. Lo decía con una mezcla de fascinación y vértigo.
Justo eso estoy estudiando ahora en el Máster de Psicología Transpersonal: el proceso de desidentificación. La idea de que nos fusionamos tanto con nuestros roles, nuestro cuerpo, nuestra historia, que empezamos a creer que eso es lo que somos. Y que hay algo liberador — aunque al principio desconcertante — en aprender a observar todo eso desde una posición ligeramente separada. Lo que en psicología transpersonal llamamos el «observador» o el Self.
No le expliqué la teoría, no le hacía falta. Simplemente le escuché describir algo que reconocí.
Hay algo que me fascina de cómo aprendemos: el conocimiento nuevo no aterriza en el vacío. Se ancla en lo que ya conocemos, en experiencias que ya hemos tenido. Ayer, el módulo que escuché en el metro cobró un significado completamente distinto cuando apareció en una conversación real, con una persona real, en un momento real. Y lo que esa persona estaba viviendo se volvió más comprensible para mí porque lo podía conectar con un marco teórico que acababa de estudiar.
Eso es, básicamente, cómo funciona el aprendizaje.
Salí de ese encuentro con la sensación de que los dos habíamos aprendido algo. Él, quizás, una forma diferente de mirar lo que le pasa. Yo, que la teoría y la vida real se enseñan mutuamente — si les das la oportunidad de encontrarse.
