Las trampas que encontré acercándome a tradiciones que no son mías

Cuando llegué a mi primera ceremonia de Ayahuasca en España, asumí — sin cuestionármelo demasiado — que estaba entrando en contacto con «la tradición amazónica». Como si hubiera una sola. Como si los pueblos que trabajan con esta planta compartieran una cultura común, una cosmovisión unificada, un mismo entendimiento de lo que la medicina hace y para qué sirve.

Tardé años en entender lo equivocado que estaba. Y ese error de partida — esa simplificación inconsciente — es una de las trampas más comunes en las que caemos quienes nos acercamos a estas tradiciones desde Occidente. No la única, pero sí la primera.

En Alma Fénix trabajo con dos pilares que considero igualmente necesarios: la neurociencia y la tradición ancestral. Sin ciencia, nos quedamos sin protocolos de seguridad verificables, sin forma de entender qué ocurre en el cerebro y el cuerpo. Sin tradición, nos quedamos con un compuesto farmacológico interesante pero sin profundidad, sin contexto, sin los siglos de conocimiento refinado que determinan cómo se trabaja con esta planta de manera responsable y significativa. Necesito los dos.

Pero antes de entrar en cualquier artículo específico sobre culturas indígenas, quiero ser claro sobre varias cosas: la diversidad real de estas tradiciones, la jerarquía entre ciencia y tradición tal como yo la entiendo, y las trampas — incluida esa primera — en las que he caído y sigo intentando no caer.

No existe «la tradición» — existen cientos

Cuando en estas páginas escribo «la tradición» como contrapunto a «la ciencia», lo hago como recurso expositivo para yuxtaponer dos formas de conocer — no porque crea que existe una cultura ayahuasquera unificada. No existe. Lo que existe es una diversidad enorme, compleja y apasionante de tradiciones, cada una con su propia historia, su propia cosmovisión y su propia relación con la planta.

Un artículo de la antropóloga Daiara Tukano publicado en el Chacruna Institute for Psychedelic Plant Medicines documenta aproximadamente 160 pueblos originarios que utilizan la Ayahuasca — distribuidos por Ecuador, Brasil, Bolivia, Colombia, Panamá, Perú y Venezuela. Y no solo en la cuenca amazónica: los territorios culturales de la Ayahuasca se extienden también a las regiones andinas, el Caribe, el Pantanal y la selva atlántica. Cada pueblo tiene su propio nombre para la medicina, su propia forma de prepararla, sus propias restricciones de uso y su propio entendimiento de lo que hace y para qué sirve. Las diferencias entre ellos son tan grandes como las que podría haber entre la medicina tibetana y la medicina ayurvédica: comparten algunas raíces geográficas y filosóficas amplias, pero son sistemas distintos.

Por eso, en Alma Fénix me comprometo a nombrar siempre la tradición específica de la que hablo — Huni Kuin, Shipibo-Conibo, Shuar, Kamentsa — y nunca a hablar de «los indígenas» o «la sabiduría ancestral» como si fueran una sola cosa. Esa generalización es exactamente el tipo de simplificación que quiero evitar.

La jerarquía entre ciencia y tradición

Hay algo que quiero decir explícitamente porque creo que es fundamental para entender cómo trabajo: la ciencia no está por encima de la tradición. No es la árbitro que decide qué es verdad y qué no en el conocimiento indígena. No «valida» la tradición — como si la tradición necesitara su aprobación para ser legítima.

Las tradiciones indígenas de medicina de plantas son sistemas de conocimiento sofisticados, desarrollados durante siglos, con sus propias epistemologías, sus propios métodos de verificación y su propia comprensión de la mente, el cuerpo y la curación. Los pueblos que las custodian son los expertos y los propietarios legítimos de ese conocimiento. No necesitan que la neurociencia les diga que lo que hacen funciona.

Lo que sí puede hacer la ciencia — y esto es valioso — es observar, describir y documentar desde su propio marco. Puede identificar mecanismos moleculares, medir efectos en el cerebro, diseñar estudios clínicos. Pero cuando un neurocientífico estudia la Ayahuasca pregunta: ¿qué hace esta molécula en el cerebro? Cuando un curandero trabaja con la Ayahuasca pregunta: ¿qué necesita sanar esta persona? ¿Qué quiere enseñarle la planta? Esas no son dos versiones de la misma pregunta — son preguntas distintas dentro de marcos de conocimiento distintos. Ninguna invalida a la otra.

Esto significa que cuando en estos artículos la ciencia y la tradición lleguen a conclusiones diferentes — y llegará, porque no siempre miran lo mismo — no voy a intentar forzar una síntesis que no existe. Voy a mostrar las dos perspectivas con transparencia para que tú puedas decidir para ti con qué te quedas, o si prefieres dejar la tensión sin resolver. Creo que esa tensión, bien sostenida, es más honesta y más rica que cualquier reconciliación artificial.

Lo que conozco directamente — y lo que no

He aprendido directamente con los Huni Kuin de la aldea Pinuya, en Brasil. Es la tradición que más he estudiado y la que más profundamente ha marcado mi forma de entender el trabajo con la medicina. También he compartido medicina con maestros de tradiciones muy distintas entre sí — Kamentsa, Noke Koi, Kichwa, entre otras — pero eso no me convierte en conocedor de esas tradiciones, ni mucho menos.

Esta distinción tiene consecuencias directas en cómo escribo. Cuando hablo de los Huni Kuin, combino experiencia personal con voces indígenas y el trabajo de investigadores serios. Cuando hablo de otras tradiciones — los Shipibo, los Shuar, los pueblos colombianos — mi metodología es clara: primero busco las voces de los propios pueblos originarios cuando existen en forma publicada o accesible; luego las contrasto y complemento con el trabajo de antropólogos y etnobotánicos reconocidos que hayan convivido durante tiempo con esas comunidades. Nunca con divulgación popular, ni con fuentes de turismo espiritual.

Lo que no hago — o intento no hacer — es hablar en nombre de ninguna tradición. Ni siquiera de la Huni Kuin, que es la que más conozco. Mi rol es el de un aprendiz informado: alguien que ha tenido acceso real a estas culturas, que las respeta profundamente, y que intenta transmitir lo que ha aprendido siendo honesto sobre sus propios límites.

Las tres trampas en las que casi todos caemos

Hay tres errores de percepción que aparecen casi inevitablemente cuando personas de cultura occidental nos acercamos a tradiciones indígenas. Los menciono porque los he cometido todos — y porque reconocerlos es el primer paso para intentar superarlos.

La primera trampa es interpretar otras culturas a través del lente de la propia. Es inevitable hasta cierto punto — es el filtro que hemos aprendido desde pequeños para orientarnos en el mundo. Pero cuando aplicamos ese filtro a culturas radicalmente distintas, lo que creemos que estamos «entendiendo» es en realidad una proyección de nuestros propios esquemas.

Vemos lo que ya sabemos cómo ver. Esto es especialmente irónico en el espacio de las medicinas de plantas, donde muchas personas llegan precisamente buscando una forma de entender la realidad diferente a la suya.

La segunda trampa es la superioridad implícita. Me cuesta admitirlo, pero está ahí. Hemos crecido en una cultura que equipara modernidad con progreso y tecnología con inteligencia. Eso crea un trasfondo inconsciente en el que «lo indígena» aparece como primitivo o precientífico.

Un profesor mío dijo que es muy difícil respetar genuinamente una tradición mientras se la mira desde arriba. Tiene razón. Y curiosamente, la ciencia no es neutral en esto: históricamente se ha usado para clasificar y jerarquizar culturas, y ese legado sigue presente. Reconocerlo no significa rechazar la ciencia — significa usarla con más humildad.

La tercera trampa es casi la cara opuesta: el romanticismo. La idealización de lo indígena como sabiduría pura, auténtica e incorruptible. La imagen del chamán iluminado que posee verdades que el mundo moderno ha perdido. Esta trampa parece respetuosa pero en realidad también despoja a estos pueblos de su humanidad, su complejidad política, sus conflictos internos y sus necesidades materiales reales. Romantizar una tradición es otra forma de no verla.

Y si vuelvo a caer en alguna de estas trampas…

Pondré mi máximo esfuerzo en describir estas tradiciones lo mejor que pueda — con rigor, con respeto y con honestidad sobre lo que sé y lo que no sé. Pero si en algún momento encuentras algo que te chirría, un error, una simplificación que no hace justicia, o si ves que he vuelto a caer en alguna de estas trampas — por favor escríbeme. No lo tomaré como una crítica sino como exactamente lo que es: una corrección necesaria. Este trabajo es un proceso, y nadie aprende a no caer en estas trampas de una vez para siempre.


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