María Sabina: El precio que pagó la tradición por la revolución psicodélica


Quién era realmente la mujer que abrió la puerta, qué le costó abrirla, y qué nos pide eso a quienes entramos.

Por Fede Funkel | Neurociencia & Tradición Ancestral

«Recibimos un regalo que no pedimos y que ella no quiso dar. La pregunta no es si lo merecíamos. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer con él?»

Una nota antes de empezar. Este artículo acompaña una charla que presenté en Mycelia 2026, el encuentro anual de la asociación cultural Mycelia celebrado en Madrid. El texto ha sido ligeramente adaptado al formato escrito, pero conserva la voz y la estructura del original. Mi trabajo habitual es con Ayahuasca, no con hongos. Lo que sé sobre María Sabina y la tradición mazateca viene de fuentes documentadas — principalmente la autobiografía oral recogida por Álvaro Estrada, el trabajo de historiadores e investigadores mazatecos activos, y la consulta directa con un historiador mazateco de Huautla. Esa distinción importa, y quiero nombrarla desde el principio.

Llevo años trabajando con Ayahuasca. Es la planta con la que me siento en casa y es mi mundo principal. También tengo una buena relación con los niños santos y los respeto profundamente. Pero si alguien es el experto en hongos mazatecos, no lo soy yo.

Lo que sí tengo es una pregunta. Y esa pregunta va por debajo de todo lo que escribo aquí.

La pregunta no es solo sobre ella. Es sobre nosotros. ¿Cómo nos relacionamos con tradiciones que no son nuestras, con pueblos que siguen vivos, con conocimientos que no inventamos?

María Sabina es una manera de mirar esa pregunta. No es la única. Pero es la más clara que conozco.

La foto que no entendemos

Probablemente habéis visto la imagen mil veces. La anciana con las trenzas grises, los pendientes, lo que parece un cigarro entre los dedos. Está en camisetas, en cafés de Oaxaca, en pósters de festivales psicodélicos de medio mundo.

Ese cigarro no es lo que parece. Es tabaco sagrado enrollado en hoja de maíz — lo que los mazatecos llaman San Pedro. Cada vez que lo encendía estaba realizando un acto ritual. Llevamos sesenta años poniéndola en camisetas sin saber lo que estábamos mirando.

Eso, de alguna manera, resume todo lo que voy a contar en este artículo.

Quién era antes de que llegara nadie

María Sabina nació en 1894 en una ranchería de la Sierra Mazateca de Oaxaca. Su padre murió cuando tenía tres años. Nunca aprendió a leer. Iba descalza, incluso a los lugares importantes. Nunca habló castellano con fluidez.

Tuvo tres maridos. El primero murió joven. Entre matrimonios recogió café en campos ajenos durante trece años para poder comer. Lo que quería era tener una pequeña tienda.

Esto es lo que le contó a Álvaro Estrada — el escritor mazateco que pasó años grabando su historia — sobre su infancia:

«Dormíamos en el suelo, sobre petates y con la ropa puesta. Así dormíamos todos.»1

Así dormíamos todos. Esa frase contiene una vida entera.

No era una figura mística en una cueva de montaña esperando dispensar sabiduría ancestral. Era una mujer pobre intentando sobrevivir — que además tenía un don extraordinario. Era lo que en mazateco se llama chjota chjine: la que sabe. Curaba enfermos, encontraba objetos perdidos, diagnosticaba males que los médicos no podían ver.

Los niños santos entraron en su vida muy temprano, pero no como podríamos imaginar. Ella y su hermana María Ana eran niñas, andaban en el monte cuidando los pollos, encontraron los hongos, y se los comieron porque tenían hambre. Tuvieron visiones, lloraron, sintieron el estómago lleno y el espíritu contento. En los días siguientes, cuando tenían hambre, volvían a buscarlos.1

Los niños santos no entraron en su vida con una ceremonia. Entraron con hambre.

Y después, durante muchos años, ella se olvidó. Se casó. Tuvo hijos. Enviudó. Volvió a casarse con un hombre llamado Marcial Carrera, que la engañaba y le pegaba. Tuvieron seis hijos. Cinco murieron. Solo sobrevivió una hija, Aurora.

Hasta que un día — ella tenía unos cuarenta años — su hermana María Ana enfermó gravemente. Los curanderos del pueblo dijeron que iba a morir. Y María Sabina hizo lo único que se le ocurrió: tomó muchos pares de hongos para pedir por la vida de su hermana. La misma hermana con quien los había comido de niña, cuando tenían hambre.

Esa noche tuvo la visión que lo cambió todo:

«Sobre la mesa de los Seres Principales apareció un libro, un libro abierto que fue creciendo hasta ser del tamaño de una persona. Era un libro blanco, tan blanco que era resplandeciente. Uno de los Seres Principales me dijo: ‘María Sabina, éste es el Libro de la Sabiduría. Todo lo que en él hay escrito es para ti. Tómalo para que trabajes.’ Yo exclamé: ‘¡Eso es para mí. Lo recibo.'»1

María Ana se curó. Y a los cuarenta años, viuda dos veces, con cinco hijos enterrados, María Sabina empezó a curar. Por eso se llamaba a sí misma Mujer Libro. El libro era ella. Las páginas eran sus cantos.

Una noche en Huautla

Para entender lo que le pasó a María Sabina — y lo que nos pasó a nosotros — hay que entender primero lo que era una velada.

Imaginad una casa de adobe en la sierra. Sin electricidad. En una esquina hay un pequeño altar — imágenes de santos católicos, flores frescas, dos velas encendidas. Un brasero de barro quema copal. El humo llena el cuarto, dulce y resinoso. Veinte personas sentadas en el suelo. Hay niños también, aunque no toman.

María Sabina recibe a cada persona. A cada una le pasa por el cuerpo un manojo de hierbas frescas y flores mientras dice sus nombres en voz baja e invoca a los dueños de los cerros, los manantiales, los caminos — los chikones — para que protejan a quien va a entrar en la velada esa noche.

A veces reparte chocolate caliente — es lo primero que entra en el cuerpo.

Y entonces cuenta los hongos. Los separa en pares — siempre en pares, macho y hembra. Los entrega en una taza. Apaga las velas.

Oscuridad total. Solo el olor del copal, todavía quemándose en el brasero.

Y en esa oscuridad, ella empieza. No exactamente a cantar — más bien a hablar en voz alta mientras las palabras se convierten en ritmo, el ritmo en canto, el canto en algo que los que estuvieron en la sala describieron como percusión pura, como si sus palabras golpearan el aire. A veces tararea. A veces palmea. A veces ríe — porque la risa también cura, y los niños santos a veces quieren reír.

Ella los ve danzando a su alrededor, cantando, tocando instrumentos. Se llama a sí misma la mujer payaso — chjota chjine que también sabe hacer reír. Los demás se deshacen. Ella permanece. Tranquila y digna, como si estuviera en el único lugar del mundo donde tenía sentido estar.2

Para los mazatecos, los niños santos no son una sustancia. No son una herramienta. Son seres. Sarai Piña, antropóloga con más de veinte años de trabajo en la Sierra Mazateca, lo dice con una claridad que no tiene vuelta atrás:

«Para nosotros, el hongo es un ser muy sagrado. Es una deidad porque tiene espíritu, tiene voz y es un ser sintiente.»3

Tienen espíritu. Tienen voz. Deciden a quién mostrarse — si las condiciones no son las correctas, si la relación no está bien, simplemente no se muestran.3

La velada — tsakjena kón ka’oña en mazateco, «quedarse despiertos juntos» — no es una ceremonia en el sentido occidental. Es diagnóstico, terapia, conversación con lo sagrado, y reparación relacional, todo al mismo tiempo. El objetivo no es la experiencia individual. Es curar lo que está roto: en la persona, en la familia, en la relación con la comunidad.

Pero no siempre ganaba.

Una vez unos padres llegaron con dos hijos enfermos. Le pidieron que los salvara. Ella tomó los hongos para buscar el remedio. Y en la visión vio entrar a la casa unos seres descarnados, vestidos de paisanos, graznando como guajolotes. Los vio tomar los cuerpos de los niños y llevárselos a mordiscos. Cantó toda la noche. Invocó a sus espíritus. Trabajó hasta el amanecer. La visión era decisiva. A los pocos días, los niños murieron.1

Esto era el trabajo. Esto era lo que cargaba. Y siguió cargándolo durante décadas. Siguió cantando mientras enterraba a uno de sus hijos. Y luego a otro. Y luego a otro. Cinco de seis. Seguía cantando.

La noche del 29 de junio de 1955

Esto era ella a mediados de los años cincuenta. Tenía sesenta años. Era respetada en Huautla. Era dueña de su lenguaje. Cinco años después, todo lo que era suyo dejó de serlo.

En el verano de 1955 llegó a Huautla un hombre de Nueva York. Se llamaba Robert Gordon Wasson. Era vicepresidente del banco J.P. Morgan.4 No era antropólogo. Era banquero con una obsesión: llevaba veinte años buscando un culto antiguo a los hongos sagrados que supuestamente sobrevivía en algún lugar de México.2

El síndico municipal del pueblo — un hombre influyente llamado Cayetano García — lo hospedó. Aquí hay algo que casi nadie cuenta: María Sabina no lo recibió libremente. Fue Cayetano quien la convocó. Decirle que no al hombre más poderoso de tu comunidad, siendo una mujer pobre y sola, no era una opción real.5

Esa noche, en la casa de Cayetano, ella hizo una velada. Él tuvo la experiencia que describió como la más importante de su vida. Le pagó cincuenta pesos — unos cuatro dólares.5 Le prometió que guardaría el secreto.

No lo guardó.

Dos años después, la revista Life publicó un reportaje de diecisiete páginas. Describió el pueblo. Publicó las fotografías. Cualquiera que quisiera encontrarla, podía.6

El año anterior a la publicación de Life, en 1956, Wasson había vuelto a Huautla con una grabadora — sin decirle exactamente para qué. Esa grabación se publicó como disco en Nueva York bajo el sello Folkways Records. Ella nunca supo realmente qué era un disco. Ni un peso para ella.7

Esa expedición — la que produjo las grabaciones — fue financiada con dos mil ochenta dólares de la CIA a través del programa MK-ULTRA, canalizados mediante una fundación de pantalla. Wasson probablemente no lo sabía.8 Cuatro dólares para ella. Dos mil ochenta para financiar la expedición.

En 1962, Albert Hofmann — el químico suizo que había sintetizado el LSD — subió personalmente a Huautla. Le entregó a María Sabina un frasco de pastillas de psilocibina sintética fabricadas en los laboratorios Sandoz. Ella hizo algo significativo antes de tomarlas: las puso sobre el sahumador de copal. Las incorporó al ritual. Las trató como sagradas. Tomó treinta miligramos.9 Al amanecer, Hofmann le preguntó si había diferencia entre las pastillas y los hongos. Ella dijo que no.

Esa frase lleva décadas siendo usada para justificar lo que ella no habría querido — que la molécula es suficiente, que podemos quedarnos con lo activo y dejar atrás la relación, la cosmología, la comunidad.9 Pero hay que entender el contexto: lo dijo una sola vez, tratando de ser hospitalaria con un huésped importante. Y probablemente esperaba otra cosa — que si los extranjeros podían fabricar sus propios hongos en Suiza, quizás dejarían de venir a Huautla.

No dejaron de venir.

Lo que vino después

Lo que vino después cambió Huautla para siempre. No de golpe — poco a poco, y luego todo a la vez. Llegaron los hippies, los buscadores espirituales, los periodistas, los fotógrafos, los músicos famosos. Lo que había sido un hongo sagrado que nacía en temporada de lluvias y solo crecía para quien sabía esperarlo se convirtió en mercancía. Los que venían de fuera llegaban a comprar, a recoger, a llevarse. Los hongos empezaron a escasear. La economía del pueblo se reorganizó alrededor del turismo psicodélico.5

Y Huautla culpó a María Sabina.

Le quemaron la casa — más de una vez. La arrestaron al menos dos veces.

En 1978 perdió a su nieto. No un nieto cualquiera. El nieto que ella estaba criando. El que la acompañaba en las veladas. El que le ayudaba a moler el tabaco, a preparar el copal, a recibir a las personas que llegaban a curarse. El niño que cantaba con ella en la oscuridad. Un vecino borracho le disparó dos tiros. Ella fue a las autoridades a pedir justicia. Nadie la escuchó. El caso se cerró como una simple borrachera.1

Tenía ochenta y cuatro años. Acababa de perder al niño que cantaba con ella. Y siguió cantando.

El precio real

En 1980, con ochenta y seis años, decidió casarse por tercera vez. Un viudo de ochenta años de un pueblo vecino, llamado Trofeto, había empezado a visitarla. Le propuso matrimonio. Ella aceptó.

Cuando Estrada le preguntó por qué, a esa edad, ella respondió con una frase que no se me ha olvidado:

«Ya me había puesto a pensar que el fin de mis días se acercaba, que a cada año que pasa se inmoviliza más y más mi cuerpo y que yo también me siento sola. Muy sola.»1

Estrada cuenta que también le dijo que quería alguien que estuviera con ella en las noches. Alguien que estuviera ahí cuando viniera la muerte.

Hubo boda. Hubo misa. Hubo música — bailaron La flor de naranjo. Ella misma pagó los gastos. El matrimonio duró pocos días. Sus propios hijos y nietos hostigaron tanto a Trofeto — tenían miedo de que heredara la casa y el terreno — que una mañana recogió sus pocas cosas y volvió a su pueblo. Nunca volvió.

Estrada escribió, sin adorno: «Ahora Sabina sigue extrañando a Trofeto.»

En 1983 la hospitalizaron en Ciudad de México. Diagnóstico: desnutrición severa.10 La mujer cuya voz se vendía en discos en Nueva York se estaba muriendo de hambre en Oaxaca. Cuando le dieron el alta, el poeta Homero Aridjis la invitó a quedarse unos días en su casa. Su hija Chloe — novelista, tenía once años entonces — lo recuerda así:

«Entró una mujer muy pequeña con dos trenzas grises y un aura. Se sentó en el sofá entre mi hermana y yo. Escuché su voz — sin dientes y aun así poderosa.»10

Recién salida del hospital. Desnutrida. Casi noventa años. Y aun así — su voz, poderosa.

Homero Aridjis dijo de ella en una entrevista de 2015:

«Para mí sigue siendo la mejor poeta de habla española del siglo XX, sin haber escrito en español. Más profunda, más auténtica y más duradera.»11

La mejor poeta de habla española del siglo XX. Sin haber escrito en español. Sin haber aprendido a leer. Yendo descalza incluso a los lugares importantes.

Murió el 22 de noviembre de 1985, en Oaxaca. Noventa y un años. Causa oficial: tromboembolia pulmonar. La causa real, por todo lo que sabemos: la pobreza y la desnutrición.

Antes de morir le dijo esto a Estrada. No la versión corta de los pósters — la versión completa:

«Antes de Wasson, yo sentía que los niños santos me elevaban. Ya no lo siento así. Desde el momento en que llegaron los extranjeros a buscar a Dios, los niños santos perdieron su pureza. Perdieron su fuerza, los descompusieron. De ahora en adelante ya no servirán. No tiene remedio.»1

El espejo incómodo

Hasta aquí lo que le pasó a María Sabina. Ahora lo que nos dice de nosotros.

Este festival al que fui a dar la charla se llama Mycelia — en honor al micelio de los hongos. La red subterránea que conecta y hace posible que el conocimiento fluya. Ese nombre existe, en parte, porque una mujer en Oaxaca abrió una puerta que no le pidieron que abriera. Todo lo que el movimiento psicodélico celebra — la ciencia, la terapia, los retiros, las ceremonias, los festivales — tiene una cadena que empieza en su casa, en la oscuridad, con trece pares de hongos y cincuenta pesos.

No nos lo pidió. Pero está aquí.

Y aquí es donde la historia deja de ser historia y empieza a ser presente. Tengo que contar algo que me cuesta admitir.

Hace unos años, en una formación en ICEERS, un profesor dijo algo que me dejó callado varios días. Dijo: en el mundo de las plantas sagradas hay mucho discurso sobre «honrar la tradición.» Suena muy bien. Pero la verdad es que no puedes honrar una tradición si la miras desde arriba. Y la verdad es que muchos de nosotros, en el fondo, nos sentimos superiores a los pueblos indígenas. No lo decimos — no es políticamente correcto. Pero está ahí. Somos seres evolucionados, en sociedades modernas, con toda nuestra tecnología. Y ellos, en el fondo, son gente más simple. Más cercana a la naturaleza, decimos — que es nuestra manera educada de decir más primitiva.

Me quedé callado y miré hacia adentro. Y ahí estaba. No explícita — ese tipo de arrogancia raramente lo es. Pero presente. Me dio vergüenza. Y desde ese día llevo trabajando en hacerme consciente de ella y en cuestionarla.

Pero eso no fue todo. Meses después, estaba en una videollamada con el investigador brasileño Glauber Loures de Assis. Él hablaba sobre lo que los pueblos indígenas quieren del movimiento psicodélico — no que los protejan, no que los representen. Que co-creen. Que participen en la investigación. Que se sienten en la mesa donde se toman las decisiones científicas.12

Y mientras lo escuchaba, me di cuenta de algo más sutil, pero igual de revelador. En toda mi narrativa sobre ser el puente entre la neurociencia y la tradición — en mi cabeza, los indígenas siempre estaban en el lado de «la tradición.» Y la «ciencia»… ese era el lado occidental. El nuestro. Como si no hubiera historiadores mazatecos. Como si no hubiera investigadores indígenas publicando en revistas académicas. Como si la única forma en que los pueblos originarios participaran en este mundo fuera siendo los custodios de algo antiguo — nunca los constructores de algo nuevo.

Si hago la pregunta sobre cómo nos relacionamos con las tradiciones indígenas, no es porque tenga todas las respuestas. Es porque me he dado cuenta de lo difícil que es de verdad.

Y esto me lleva a algo que dijo un historiador mazateco — alguien que nació en Huautla, que estudió historia, que trabaja hoy en reciprocidad indígena. Lo dijo así:

«Los hongos sagrados son seres con espíritu, capaces de decidir mostrarse y también retirarse cuando las condiciones humanas, naturales y espirituales han dejado de ser óptimas.»13

Seres. Con espíritu. Que deciden.

Y añadió algo que me pareció la frase más importante que he escuchado en años sobre estas medicinas:

«La psilocibina, en tanto concepto, es inexistente.»13

No está diciendo que la molécula no funcione. Está diciendo algo más radical: que lo que los mazatecos han curado durante siglos no es una molécula aislada. Es una relación. Con un ser. Con un territorio. Con una comunidad. Con un sistema de conocimiento que tiene dueño.

Cuando la ciencia estudia los hongos, pregunta: ¿qué hace este compuesto en el cerebro? ¿Qué patrones de activación produce? ¿Qué cambios en la conectividad neural? Preguntas válidas, importantes, necesarias.

Cuando María Sabina trabajaba con los niños santos, la pregunta era otra: ¿qué quiere enseñarle este ser a esta persona? ¿Qué está roto en esta familia? ¿Qué necesita sanar esta relación?

No son dos versiones de la misma pregunta. Son preguntas distintas. Ninguna invalida a la otra. Pero cuando nos quedamos solo con una — cuando extraemos la molécula y dejamos atrás la relación — no estamos haciendo lo mismo con mejor tecnología. Estamos haciendo algo fundamentalmente diferente.

Esta tensión tiene nombre académico ahora. El paradigma de la «confluencia psicodélica», propuesto recientemente por un grupo de investigadores indígenas y no indígenas, sugiere pasar del «renacimiento psicodélico» a algo distinto: un marco donde las tradiciones custodias del conocimiento no son el telón de fondo del movimiento occidental, sino interlocutoras activas con agendas, marcos epistémicos y derechos propios.12 El movimiento psicodélico global, en este encuadre, no descubrió nada — llegó tarde a una conversación que lleva siglos ocurriendo.

Los extranjeros no somos solo Wasson. Somos todos los que llegamos a una tradición sin pararnos a preguntar de quién es.

Lo que nos piden

Hay algo importante que quiero señalar antes de continuar. Llevamos mucho tiempo hablando de María Sabina. Y eso es, en sí mismo, parte del problema.

Los mazatecos llevan años repitiendo algo que el mundo psicodélico todavía no acaba de entender: María Sabina era una entre muchos. La tradición mazateca no empezó con ella, no se hizo famosa con ella, y no terminó con ella. En Huautla, en Chilchotla, en San José Tenango, en docenas de pueblos de la Sierra, hay chjota chjine — sabias y sabios — trabajando hoy. Filogonio García Martínez, su nieto, es uno. Hay muchos más cuyos nombres nunca llegarán a un póster.

Cuando convertimos la tradición mazateca en una sola mujer muerta, hacemos algo cómodo. Podemos honrarla sin tener que tratar con nadie. Como señalan investigadores mazatecos activos, convertir a María Sabina en santa es la última forma de extraerle algo.13

¿Qué piden, de manera concreta? Lo que historiadores, antropólogas e investigadoras mazatecas llevan años diciendo — en libros, en entrevistas, en foros académicos:

Primero: dejemos de hablar de «rescatar» la tradición. No necesita ser rescatada. Necesita ser respetada como una tradición viva, con voz propia, con gente que escribe, enseña, hace ceremonia y toma decisiones sobre su propio futuro.

Segundo: cuando hablemos de hongos, no hablemos solo de María Sabina. Nombremos a los mazatecos vivos. Citemos a los historiadores mazatecos. Leamos a las investigadoras mazatecas. Si nuestro discurso sobre la tradición termina en 1985, no estamos hablando de una tradición — estamos hablando de un monumento.

Tercero: si vamos a Huautla, vayamos en temporada — entre junio y agosto, cuando los hongos nacen de las lluvias. Alojémonos en casas mazatecas. No reservemos una ceremonia por internet antes de llegar. Y no nos llevemos esporas. Llevarse esporas no es «llevar la medicina a tu pueblo.» Es quitarle algo a alguien que tiene dueño.14

Cuarto: si trabajamos profesionalmente con plantas sagradas — en una clínica, un retiro, una investigación, una formación — preguntémonos quién está en la mesa donde se toman las decisiones. Si en esa mesa no hay mazatecos, no hay shipibos, no hay huni kuin, no es una mesa de diálogo. Es una mesa de extracción con modales.

Y hay una palabra mazateca para todo esto: Maxkoé. Sarai Piña, antropóloga con más de veinte años de trabajo en la Sierra Mazateca, la define así:

«El concepto de Maxkoé puede traducirse como ‘reverdecer’ o ‘reponer’. Está profundamente vinculado a la idea de reciprocidad. Si talas un árbol o cortas una planta, no basta con pedir permiso a los guardianes del territorio: también es necesario ofrendar, y no cualquier cosa, sino algo verdaderamente potente que re-fertilice la tierra, que devuelva vida.»3

Maxkoé no es filantropía. No es donar un porcentaje. No es «dar las gracias.» Es preguntar: ¿qué he tomado, y qué tengo que devolver para que la tierra siga siendo tierra?

Esa pregunta es para cada uno de nosotros. La respuesta también.

Lo que quedó en la lápida

María Sabina nos dio algo que no le pedimos. Y que ella no quería dar.

Eso es lo más difícil de tragar de toda esta historia. No fue un regalo. No fue una transmisión consciente. No fue su elección. Fue una mujer pobre, sola, ágrafa, en una casa de adobe, ante un banquero con grabadora.

Y aun así — aquí estamos. La psilocibina en los ensayos clínicos. Los retiros. La ciencia. Los libros. Los festivales. Todo tiene una cadena que empieza en su casa, en la oscuridad, con trece pares de hongos y cincuenta pesos.

Recibimos un regalo que no pedimos y que ella no quiso dar.

La pregunta no es si lo merecíamos. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer con él?

Esto es lo que cantaba mientras curaba. No es metáfora. No es decoración. Es la descripción de su oficio:

Soy mujer que llora, dice.
Soy mujer que chifla, dice.
Soy mujer que hace tronar, dice.
Soy mujer espíritu, dice.
15

Soy mujer libro.
Porque puedo entrar y puedo salir en el reino de la muerte.
15

Ella dijo que no tenía remedio. Quizás tenía razón sobre lo que ya estaba roto. Pero su nieto Filogonio García Martínez hace veladas en Huautla hoy mismo. El linaje no se rompió. Lo que hagamos nosotros con lo que recibimos — eso todavía está por verse.

Sus palabras. Las que ella eligió para sí misma.

Cuando murió, Álvaro Estrada hizo grabar en su lápida palabras de sus propios cantos:1

Mujer aerolito soy
Mujer estrella soy
Mujer águila soy
Mujer sabia en medicina soy
Mujer sabia en hierbas soy


Este artículo acompaña una charla presentada en Mycelia 2026, Madrid. Para apoyar directamente a organizaciones mazatecas: chacruna-iri.org — Iniciativa de Reciprocidad Indígena del Instituto Chacruna, socia de CIPREPACMA (Consejo Indígena Pro-Rescate del Patrimonio Cultural Mazateco, A.C.). También en: facebook.com/ciprepacma.ac

Nota sobre las grabaciones de María Sabina

Las grabaciones de las veladas de María Sabina — incluyendo la realizada por Wasson y Richardson en 1956, publicada por Folkways Records como Mushroom Ceremony of the Mazatec Indians of Mexico — fueron realizadas sin su consentimiento pleno. No existe constancia pública de que ella o sus descendientes hayan recibido regalías por este disco.7

He consultado directamente con un historiador mazateco de Huautla sobre la utilización de estas grabaciones en contextos educativos. Su posición: es aceptable usarlas siempre que se señale con claridad el contexto en que fueron hechas, y que ese señalamiento forme parte del relato — no de una nota al pie.

Eso es lo que intento hacer aquí.


Referencias

  1. Estrada, Á. (2022). Vida de María Sabina: La sabia de los hongos. Siglo XXI Editores México. (Edición original: 1977)
  2. Wasson, R. G. (1957). Presentación. En Estrada, Á. (2022). Vida de María Sabina. Siglo XXI. [Descripción del primer encuentro con la velada, noche del 29-30 de junio de 1955]
  3. Piña, S. (2021). Utopía psicodélica. Entre la mercantilización y medicalización de los hongos psilocibes. Tesis CIESAS. Véase también: Piña, S. (2024). Entrevista en Revista Mate. ; y Piña, S. «El hongo es un ser muy sagrado.» Chacruna Institute. chacruna.net
  4. Wasson, R. G. (1986, 23 de diciembre). Obituario. The New York Times.
  5. García de Teresa, M. (2022). Selling the priceless mushroom: Gordon Wasson and the commodification of the Mazatec sacred mushroom ritual. Journal of Illicit Economies and Development, 4(1). https://doi.org/10.31389/jied.130
  6. Wasson, R. G. (1957, 13 de mayo). Seeking the magic mushroom. Life Magazine.
  7. Mushroom Ceremony of the Mazatec Indians of Mexico. Grabación de 1956, publicada por Folkways Records (FR 8975, 1957). Disponible actualmente a través de Smithsonian Folkways. [La grabación fue realizada sin el consentimiento informado de María Sabina; ella nunca recibió regalías documentadas]
  8. Marks, J. (1979). The Search for the Manchurian Candidate. Times Books. [MK-ULTRA Subproject 58, documento FOIA 00017457, CIA Reading Room. Financiación de $2.080 a través de Geschickter Fund]
  9. Hofmann, A. (1978). Teonanácatl and psilocybin. En R. G. Wasson, A. Hofmann y C. A. P. Ruck, The Road to Eleusis. Harcourt Brace Jovanovich. [Para el uso posterior de la frase «son lo mismo» en el discurso psicodélico occidental, véase entre otros: Pollan, M. (2018). How to Change Your Mind. Penguin Press; y la crítica de este uso en: Piña, S. (2021). Utopía psicodélica. Tesis CIESAS]
  10. Aridjis, C. (2015). On María Sabina, one of Mexico’s greatest poets. British Council Voices Magazine. britishcouncil.org
  11. Aridjis, H. (2015). Entrevista concedida a la agencia DPA (Deutsche Presse-Agentur), publicada en Vanguardia. Véase también: Aridjis, H., en Rothenberg, J. (Ed.). (2003). María Sabina: Selections. University of California Press.
  12. Loures de Assis, G., et al. (2026). From psychedelic renaissance to psychedelic confluence: Toward a relational paradigm for global psychedelic science and practice. Psychedelics (Elsevier). [Propone el marco de «confluencia psicodélica»; incluye coautoría indígena]
  13. García Cerqueda, O. (2022). Huautla: tierra de magia, de hongos… y hippies. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Véase también: García Cerqueda, O. «Hongos psilocibes, memoria y resistencia en la Sierra Mazateca.» Chacruna Institute. chacruna-la.org
  14. Sobre el turismo responsable y las esporas: múltiples voces mazatecas han planteado estas orientaciones de forma reiterada en entrevistas y publicaciones. Véase: García Cerqueda, O. (2022). Huautla: tierra de magia, de hongos… y hippies. BUAP; y Piña, S. (2024). Entrevista en Revista Mate. Para orientaciones actualizadas: chacruna-iri.org
  15. Cantos de la velada del 21-22 de julio de 1956, transcritos y traducidos al español por Álvaro Estrada. En: Estrada, Á. (2022). Vida de María Sabina. Siglo XXI. Véase también: Rothenberg, J. (Ed.). (2003). María Sabina: Selections. University of California Press.

Sobre el autor

Fede Funkel, MSc | Neurociencia Cognitiva y Plantas Sagradas

Facilitador de ceremonias de Ayahuasca en Madrid, especialista en integración psicodélica. Máster en Neurociencia Cognitiva (UAB) y en Psicología Positiva Aplicada (UJI). Formación AyaSafety (ICEERS). Aprendiz de las tradiciones Huni Kuin (Brasil) y Shuar. Miembro de la Plantaforma para la Defensa de la Ayahuasca y de SEMPsi.

Fundador de Alma Fénix — neurociencia y tradición ancestral.


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